Bia

A los siete años de edad tuve por primera vez una mascota. Fue una perra ratonera, pequeña y de ojos saltones. Yo la quise muchísimo, pero ella nunca me resistió. Y es que abusé de ella —inconscientemente—, pero nunca lo olvidó, y cada vez que intentaba tocarla recibía una muestra no amigable de toda su dentadura. No me atacaba, simplemente me ignoraba, y era feliz si hacía lo mismo con ella.

Así, aprendí a las malas que a los animales siempre se les da cariño, siempre. La vida me premió entonces con otra perrita, hija de la mascota original a la que pusimos Bia, el nombre de una niña en la novela brasileña de turno que si mal no recuerdo se llamaba Felicidad. El nombre de Bia para mi perrita fue porque no sabíamos quién era el padre (como mismo sucedía en la novela). Nos enteramos que iba a nacer porque un día a su madre comenzó a crecerle la panza. Sí, zalamera y escurridiza fue la muy pilla. Sigue leyendo

El muerto

Nunca fui bueno jugando pelota “a las cuatro esquinas”. Eso de batear solo con la mano era muy pesado. Pero con un bate en la mano ya era otra cosa. En la escuela nunca jugábamos pelota con bate y guantes. Era más fácil armar un juego de cuatro esquinas.

Un día, el profesor de Educación Física nos dijo que trajéramos los guantes y bates y pelotas que tuviéramos para jugar en equipo. No fueron muchos los implementos que juntamos. Vivíamos el “período especial” y en Cuba no había casi nada. Sigue leyendo