El muerto


Nunca fui bueno jugando pelota “a las cuatro esquinas”. Eso de batear solo con la mano era muy pesado. Pero con un bate en la mano ya era otra cosa. En la escuela nunca jugábamos pelota con bate y guantes. Era más fácil armar un juego de cuatro esquinas.

Un día, el profesor de Educación Física nos dijo que trajéramos los guantes y bates y pelotas que tuviéramos para jugar en equipo. No fueron muchos los implementos que juntamos. Vivíamos el “período especial” y en Cuba no había casi nada.

Por suerte, con lo que trajimos podíamos armar una novena, e intercambiar guantes cuando nos tocaba cubrir el terreno. Entonces tocó el momento de “pedir”, que en Cuba significa armar los equipos.

Malo jugando a la manito como era, nadie me quería en el equipo. Al final completé uno de los bandos (erámos 18 varones por suerte, si no me quedo fuera), y me tocó el último turno al bate.

Comenzó el juego y me tocó batear. Ponchado. Coño, que yo soy bueno con el bate en la mano, por qué no le pude dar a la bola. Era una pelota muy viva con la que jugábamos. Botaba mucho, pero mucho, más que una Rawlings o una Mizuno.

Tuve que aguantar las risas de todos, incluidos los de mi equipo. El muerto, me decían, y tenían razón.

Mi equipo iba perdiendo por tres carreras, y teníamos dos outs cuando llenaron las bases. Entonces me tocó batear de nuevo. “Ay mi madre, mira que me tiene que pasar esto a mi, bases llenas y me toca decidir”.

Una risotada multitudinaria me recibió en caja de bateo. ¿Caja de bateo digo? Perdón, me paré junto al cartón que oficiaba de home plate, solemne, machacado por nuestros pies y resbaladizo para el que lo pisara a la carrera.

¡Zuuuum! Sonó la bola que me pasó por al lado sin que pudiera ni reaccionar. “Vamos Yuri, tu puedes”, intenté animarme.

“¡El muerto! ¡El muerto! ¡El muerto!”, gritaba el soez coro.

Otro lanzamiento, malo y afuera. Menos mal que no le tiré. De nuevo se animó el coro, recordándome mi pésima labor como pelotero.

Entonces vino el lanzamiento final, recto, rápido, al medio. Swing con todo… y la pelota voló, tan alto y tan lejos, que lo único que pudieron hacer los contrarios fue mirarla.

Y llegó la gloria… ¡lo había logrado, era el héroe del partido! Allá a lo lejos vi que corría uno de los jardineros, fuera del los límetes del terreno, seguramente para recuperar la pelota (era un terreno de baloncesto, pero teníamos 9 años y la bola botaba mucho).

Llegué a home feliz, convertido en slugger. Todos me felicitaban, incluso los contrarios, cuando de pronto una voz me dijo: “oye Yuri, la pelota no aparece, me debes una frontenis”.

Definitivamente era un muerto.

4 comentarios en “El muerto

  1. yo llegaba cuando estaban pidiendo y siempre m pedían de último, no sé en realida por qué porque la verdad es que yo soy buenísimo bateando, en serio, un dñia cuadramos un ciberjuego….

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